BLUESMAN EN CAZORLA
El viejo
bluesman Billy Johnson se sentó en la terraza del bar Eduardo, en la Plaza de
la Constitución. Era la una y hacía bastante calor. Dos horas antes había
participado, junto con su banda, en la prueba de sonido en la Plaza de Toros,
previa a su actuación en el Blues Cazorla esa misma noche. Era la tercera vez
que venía y había creado la rutina de pasear alrededor de una hora por el
pueblo, sentarse luego en la terraza de cualquier taberna y tomarse
tranquilamente una cerveza fría, con aceitunas de la tierra, manjar que él
disfrutaba sólo en aquella región del sur de España. Luego iría a almorzar al
Sercotel.
Realmente él
se llamaba Brian Joe Brunson, pero se puso de nombre artístico Billy Johnson
por la devoción que tenía a sus dos mitos principales: Billie Holiday, la más
grande cantante de jazz de todos los tiempos, y Robert Johnson, aquel
legendario músico que, dicen, pactó con el Diablo para convertirse en el bluesman más valorado y venerado. Acudía
con una banda formada por él mismo (cantante, guitarra solista y armónica) y
cuatro miembros más: guitarra rítmica, bajo, baterista y organista. También
trabajaban en el evento un ingeniero de sonido y dos operarios encargados del
montaje.
Estaba tan a
gusto saboreando la birra, resguardado del ardiente sol, que no se percató de
la llegada de una bella mujer morena, informalmente vestida, quien, sin mediar
palabra, se sentó a su lado. Llevaba consigo una guitarra acústica. Billy abrió
mucho los ojos, teatralizando su sorpresa por la súbita aparición. Ella imitó
el gesto exagerado del músico, sonrió y susurró:
—¿No
me esperabas tan pronto, eh, cascarrabias del Blues?
—¿Quién
eres, linda cazorleña? No espero a nadie y menos a un bellezón como tú.
Como
respuesta, ella le entregó un ejemplar del Ideal señalándole una noticia de la
portada: ‘Músico muere mientras actuaba
en el Cazorla Blues Festival’. Luego abrió el periódico y le enseñó la
página de Cultura en donde se desarrollaba la noticia: ‘[…] Anoche, el músico norteamericano Billy Johnson, de setenta y dos
años, mientras actuaba, se tambaleó, se puso una mano en el pecho y se desplomó
sobre el escenario. Enseguida acudieron sus músicos y otras personas a
auxiliarle, intentaron reanimarlo dándole masajes en el pecho, llamaron a una
ambulancia, pero todo fue inútil. […]’. La noticia continuaba dando más
detalles y reseñando el historial de Johnson en el festival.
—Pero, ¿qué
coño es esto? —gruñó el músico después de leer la noticia completa.
—Fíjate en la
fecha del diario: es el periódico de mañana. He querido adelantártelo…
—Pero es absurdo. Según veo, esta noche voy a morir de un infarto. Estoy sano y nunca he padecido del corazón. ¿Qué estupidez es esta?
—Me temo que
no es una estupidez. Pero, si quieres, me marcho ya y lo compruebas esta noche.
El viejo bluesman se había convertido, con el
paso de los años, en un ser supersticioso. No se tomó en broma el duro
vaticinio de la mujer. Se puso muy serio, cabizbajo.
—¿Quién eres?
—Soy quien
viene definitivamente a por ti. Sabes cómo me llamo.
A Johnson se
le formó en nudo en la garganta.
—Pero… no estoy preparado. Tendría que volver a mi país, arreglar mi situación, avisar a mi familia; tengo esposa y dos hijos…
La
mujer lo miró muy seria durante unos momentos.
—A ver, bueno,
me caes bien. Tal vez pueda concederte una oportunidad para eludir en esta
ocasión el fatal desenlace.
Al
músico se le iluminó de nuevo el rostro.
—¿Sí?
—¿Sabes quién fue Leonard Cohen? ¿Y Federico García
Lorca?
—¡Claro! A
Leonard lo conocí personalmente. Una noche tomamos unas copas en el Veritas de
Boston, después de haber participado en un concierto benéfico. Recuerdo que le
pregunté por sus proyectos y me dijo: ‘Johnny,
en mi país tenemos un dicho: El Diablo se ríe cuando te oye hablar de
proyectos’. Me sonrió socarronamente. Lo pasamos en grande bebiendo y
conversando hasta altas horas de la noche. En cuanto a García Lorca, sé que es
un poeta español, asesinado en la Guerra Civil.
—Mira, Cohen era admirador de Lorca, visitó Granada varias veces, musicó el poema ‘Pequeño vals vienés’ convirtiéndolo en ‘Take this waltz’. ¿Lo conoces?
—Por supuesto.
Lo cantó aquella noche en Boston.
—¿Te
atreverías con él?
—No lo creo.
Es imposible transformar un vals en un blues.
—Es la oportunidad que te concedo para eludir tu infarto. Sólo tienes que tocar el ritmo del vals como si fuera el rift del blues. Yo canto en español y hacemos ambos los coros en inglés: ‘Ay, ay, ay, ay, take this waltz…’. ¿Te parece bien? Mira, he traído una guitarra, vamos a ensayar...
Alguien le movió
los hombros, despertándolo de su sopor. Era el camarero.
—¿Otra
cerveza, señor?
Declinó la
invitación. Mientras volvía a su hotel reflexionaba sobre lo ocurrido: ‘Así que todo fue un sueño, pero ¡parecía
tan real!, me he asustado de verdad…’. Luego, almorzó, se echó una siesta
de una hora, leyó un poco y repasó algunos temas con su guitarra. Alrededor de
las nueve, después de cenar una ensalada, se marchó a la Plaza. La actuación
estaba prevista para las diez.


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