CALLAR PARA SIEMPRE


Después de consumada la revolución, los Astigarraga decidieron abandonar la finca.

Una mañana de verano, muy temprano, partió la caravana para nunca más volver. Era el último rastro de un poder que había estado estrangulando a la comarca durante ochenta años y que ahora se difuminaba fruto del devenir de los tiempos, “nada caprichosos –pensaba Horacio Cuenca– sino con unas leyes ocultas, incomprensibles para los humanos”. El pelirrojo, enjuto y pecoso capataz de ojos azules fue la única persona no perteneciente a la familia que asistió a los preparativos y ejecución de la marcha. Y recibió un frío abrazo de despedida del que había sido el hombre más poderoso en centenares de kilómetros a la redonda, Jacinto Astigarraga, y el cálido apretón de mano de su esposa Sofía. Luego, los carros se fueron alejando de La Tiñosa, dejando una estela de polvo sobre el paisaje sediento. Horacio derramó una lágrima contemplando aquel rastro, que fue, poco a poco, difuminándose en el horizonte. Con la caravana se alejaba para siempre la mujer a la que clandestinamente amó en los últimos meses. Recordó los momentos de pasión que habían gozado, aprovechando las frecuentes ausencias del patrón y las mentiras que urdía para que su esposa Julia no sospechara nada.

Y llegó, reptando suavemente, el olvido. Pasaron hojas del calendario, brotó la zarza y los hierbajos, se resquebrajaron muros, las telarañas ocuparon rincones, el polvo invadió lo que antes fue vida. Y muchos años después el aspecto de La Tiñosa era desolador: una mansión con señales de inminente ruina, unas tierras sin cultivar, desaprovechadas, que contrastaban con la fertilidad de la pequeña finca colindante, El Parral, que legó Astigarraga a su fiel Horacio un año antes de la marcha, como excepcional regalo de su boda con Julia. Años después del éxodo del terrateniente, Horacio seguía explotando su pequeña finca, lo que le permitía vivir una situación económica, si no boyante, sí desahogada, y alimentar a su esposa y a los dos hijos que tenía de ella.

Una mañana de verano, pasados veintiséis años desde aquella marcha, Julia volvía a casa desde el cobertizo del ganado cuando creyó ver, desmontando del caballo, a su esposo. “¿Por qué habrá regresado tan pronto?”, se dijo. Horacio había salido con dos peones a reparar una parte del vallado. Mientras avanzaba hacia la casa, su sorpresa inicial se transformó en turbación cuando se percató de que el hombre que se dirigía a la entrada no era Horacio, sino un desconocido. No iba vestido como él, con ropa de faena, sino de un modo elegante. Al llegar, se explicó la confusión cuando comprobó sus rasgos físicos: era un joven pelirrojo, enjuto y pecoso, con ojos azules. Julia sintió un temblor cuando el desconocido la miró; superó el desconcierto, mientras le estrechaba la mano y oía las palabras de presentación: el visitante dijo ser Alejandro Astigarraga, hijo del antiguo propietario de La Tiñosa. Venía a tomar posesión de la finca abandonada, ya que su padre había fallecido meses antes y se la había concedido como herencia. Julia, muy nerviosa, le dio la bienvenida, le comunicó que su marido estaba fuera, trabajando, y se interesó por la madre del muchacho, doña Sofía, a la que aún recordaba. Alejandro le explicó que se encontraba bien de salud, a punto de cumplir sesenta años, y que vivía en la mansión familiar de Montevideo. Su hermana la cuidaba. Sus hermanos mayores eran empresarios de una firma de artículos de piel que Jacinto Astigarraga creó después de abandonar La Tiñosa. Alejandro pidió a Julia que informara a Horacio de su llegada, le transmitiera su deseo de hablar con él cuando pudiera, ya que venía con la intención de poner la finca en funcionamiento, una vez concluyeran las tareas de restauración de la vivienda, para lo cual había contratado a una empresa. Le explicó que regresaría a Montevideo al día siguiente y que volvería periódicamente para ver el estado de las obras. En cuestión de meses se mudaría definitivamente a la hacienda. Se despidió cortésmente de Julia.

La mujer entró en la casa y se sentó en una mecedora, delante del amplio ventanal en donde todavía se divisaba la figura a caballo del joven, perdiéndose hacia el horizonte. Se entregó a sus pensamientos. Sí, no había duda: Alejandro tenía un grandísimo parecido con su marido. Para nada se asemejaba al cacique Jacinto Astigarraga, al que recodaba como hombre corpulento, moreno y con una incipiente calvicie. Sus pensamientos le llevaron rápidamente a una perturbadora conclusión. Calculó el tiempo que había transcurrido desde que los Astigarraga abandonaron La Tiñosa: veintiséis años, tras la consumación de la revolución. El muchacho representaba esa edad, más o menos. Tal vez cuando la señora abandonó la finca, iba embarazada. Eso quería decir que… Palideció, apretó los dientes con furia, escondió su rostro entre las manos y se echó a llorar. Luego se fue al dormitorio. Reflexionó durante varias horas, hasta que su marido regresó para el almuerzo. Dudaba cómo afrontar la situación. Decidió no contarle nada.

Otra mañana de verano, dos semanas después, partió el carro de Horacio Cuenca de El Parral para nunca más volver. Llevaba los últimos enseres de la casa, después de vender con urgencia la propiedad. Fue como consecuencia de la inesperada decisión de Julia de abandonar el hogar conyugal para irse a vivir con sus dos hijos a la casa de su madre, en Trinidad. Cuando Horacio llegó hasta ellos, Julia le comunicó la irrevocable decisión de no volver nunca a El Parral, porque había tenido una visión que le anunciaba una inevitable desgracia en la finca, lo que, naturalmente, era mentira, y que la única manera de seguir juntos era vender aquella propiedad y comprar otra en algún lugar lejano. Fue lo que se vio obligado a hacer Horacio en semanas. Con el dinero resultante de la venta, adquirió una pequeña finca cerca de Minas.

            Alejandro nunca conoció la razón por la que Jacinto Astigarraga le legó una propiedad remota, baldía y yerma. Horacio y Alejandro no se conocieron y jamás supieron que eran padre e hijo. Julia y Horacio compartieron un mismo secreto, de infidelidad, que nunca se revelaron. La señora Sofía Astigarraga también calló para siempre.



(Extraído del libro 'Cuentos para viajar lejos')

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