CALLAR PARA SIEMPRE
Después de consumada la revolución,
los Astigarraga decidieron abandonar la finca.
Una mañana de verano, muy temprano,
partió la caravana para nunca más volver. Era el último rastro de un poder que había
estado estrangulando a la comarca durante ochenta años y que ahora se
difuminaba fruto del devenir de los tiempos, “nada caprichosos –pensaba Horacio Cuenca– sino con unas leyes ocultas, incomprensibles para los
humanos”. El pelirrojo, enjuto y pecoso capataz
de ojos azules fue la única persona no perteneciente a la familia que asistió a
los preparativos y ejecución de la marcha. Y recibió un frío abrazo de
despedida del que había sido el hombre más poderoso en centenares de kilómetros
a la redonda, Jacinto Astigarraga, y el cálido apretón de mano de su esposa Sofía.
Luego, los carros se fueron alejando de
Y llegó, reptando suavemente, el
olvido. Pasaron hojas del calendario, brotó la zarza y los hierbajos, se
resquebrajaron muros, las telarañas ocuparon rincones, el polvo invadió lo que antes
fue vida. Y muchos años después el aspecto de
Una mañana de verano, pasados
veintiséis años desde aquella marcha, Julia volvía a casa desde el
cobertizo del ganado cuando creyó ver, desmontando del caballo, a su esposo. “¿Por qué habrá regresado tan
pronto?”, se dijo. Horacio había salido con dos
peones a reparar una parte del vallado. Mientras avanzaba hacia la casa, su
sorpresa inicial se transformó en turbación cuando se percató de que el hombre
que se dirigía a la entrada no era Horacio, sino un desconocido. No iba vestido
como él, con ropa de faena, sino de un modo elegante. Al llegar, se explicó la
confusión cuando comprobó sus rasgos físicos: era un joven pelirrojo, enjuto y
pecoso, con ojos azules. Julia sintió un temblor cuando el desconocido la miró;
superó el desconcierto, mientras le estrechaba la mano y oía las palabras de
presentación: el visitante dijo ser Alejandro Astigarraga, hijo del antiguo propietario
de
La mujer entró en la casa y se sentó
en una mecedora, delante del amplio ventanal en donde todavía
se divisaba la figura a caballo del joven, perdiéndose hacia el horizonte. Se
entregó a sus pensamientos. Sí, no había duda: Alejandro tenía un grandísimo parecido
con su marido. Para nada se asemejaba al cacique Jacinto Astigarraga, al que
recodaba como hombre corpulento, moreno y con una incipiente calvicie. Sus
pensamientos le llevaron rápidamente a una perturbadora conclusión. Calculó el
tiempo que había transcurrido desde que los Astigarraga abandonaron
Otra mañana de verano, dos semanas después,
partió el carro de Horacio Cuenca de El Parral para nunca más volver. Llevaba
los últimos enseres de la casa, después de vender con urgencia la propiedad.
Fue como consecuencia de la inesperada decisión de Julia de abandonar el hogar
conyugal para irse a vivir con sus dos hijos a la casa de su madre, en
Trinidad. Cuando Horacio llegó hasta ellos, Julia le comunicó la irrevocable
decisión de no volver nunca a El Parral, porque había tenido una visión que le
anunciaba una inevitable desgracia en la finca, lo que, naturalmente, era
mentira, y que la única manera de seguir juntos era vender aquella propiedad y
comprar otra en algún lugar lejano. Fue lo que se vio obligado a hacer Horacio
en semanas. Con el dinero resultante de la venta, adquirió una pequeña finca
cerca de Minas.



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